Category Archives: Opus Dei

Fiesta de san josemaría

Este viernes no te pierdas la fiesta de san Josemaría, seguro que en tu ciudad se celebrará una Misa a la que podrás unirte.

Ferrol: S. Julián (Concatedral), V 26, 20:30 h.

La Coruña:
Fátima, V 26, 18:00 h.
San Jorge, V 26, 20:00 h.

Santiago: Catedral, S 27, 13:00 h.

Lugo: Santiago “A nova”, J 25, 20:30 h.

Pontevedra: San José, V 26, 20:00 h.

Ourense: Sª María Nai, V 26, 20:15 h.

Vigo:
Santiago de Vigo, V 26, 12:30 h.
Fátima, V 26, 20:00 h.

Exposición “Un Santo en Datos”

Invitación Acto Inaugural en JPEG

La exposición sobre el futuro Beato, Mons. Álvaro de él Portillo, recorre la geografía española y el próximo 24 llegará a Galicia. Estará en Vigo del 24 de junio al 9 de julio, en el hotel Ciudad de Vigo.

El acto inaugural tendrá lugar a las 20:00h del día 24 y participarán Pablo Pérez López (Comisario de la Exposición), Teresa Sádaba (Portavoz de la Beatificación) y Jaime Cárdenas (delegado de la Oficina de Información del Opus Dei en Galicia).

Al final del acto se realizará una visita guiada a la Exposición.

Edición crítico-histórica de “Es Cristo que pasa”

Acaba de salir a la luz la edición crítico-histórica de Es Cristo que pasa, preparada por el teólogo Antonio Aranda. Se trata del cuarto volumen de la Colección de Obras Completas de Josemaría Escrivá de Balaguer, que el Instituto Histórico está promoviendo y que publica la editorial Rialp. El libro contiene dieciocho homilías del fundador del Opus Dei, con un amplio comentario histórico-teológico y anotaciones de crítica textual.

http://www.isje.org/publicada-la-edicion-critico-historica-de-es-cristo-que-pasa/

¡gracias!

Os doy las gracias por haber venido tan numerosos a esta última audiencia general de mi Pontificado. Os lo agradezco de corazón, estoy realmente conmovido. Veo la Iglesia viva. Pienso que tenemos que dar gracias al Creador, por el buen clima que nos ha regalado, cuando aún estamos en invierno.

Como dice el apóstol Pablo en el texto que hemos oído, también yo siento en mi corazón el deber, sobre todo, de dar gracias a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su Palabra y así alimenta la fe de su Pueblo. En este momento mi espíritu se alarga para abrazar a toda la Iglesia repartida por el mundo; doy gracias a Dios por las noticias que he podido recibir durante estos años de ministerio petrino sobre la fe en nuestro Señor Jesucristo, y sobre la caridad que circula verdaderamente en el Cuerpo de la Iglesia y la hace vivir en el amor, y sobre la esperanza que nos abre y orienta hacia una vida plena, hacia la patria del Cielo.

Os tengo a todos presentes en mi oración, en un presente que es el de Dios, donde recuerdo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Uno en la oración a todo y a todos para encomendarlos al Señor: “para que Dios les haga conocer perfectamente su voluntad, y les dé con abundancia la sabiduría y el sentido de las cosas espirituales. Así podrán comportarse de una manera digan del Señor, agradándolo en todo, fructificando en toda clase de obras buenas” (Col. 1, 9-10).

En este momento, tengo una gran confianza, porque sé –lo sabemos todos- que la Palabra de Verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, su Vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, allí donde la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años acepté asumir el ministerio petrino, tuve una certeza que nunca me ha abandonado. En ese momento, como he explicado en otras ocasiones, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: ‘Señor, ¿por qué me pides esto y qué me pides? Es un peso grande el que cargas sobre mis espaldas, pero si Tú lo pides, por tu Palabra echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, a pesar de todas mis debilidades’. Ocho años después, puedo decir que el Señor verdaderamente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido sentir a diario su presencia. Ha sido un episodio en el camino que recorre la Iglesia en el que ha habido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado tantos días de sol y brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; también hubo momentos en los que las aguas estaban agitadas y el viento era  contrario, como en toda la historia de la Iglesia, el Señor parecía dormir. Pero yo he sabido siempre que en esa barca está el Señor. He sabido siempre que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya y Él no dejará que se hunda. Es Él quien la conduce, ciertamente por medio de hombres que Él ha escogido porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza, que nada puede ensombrecer. Y por eso hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no ha quitado nunca ni a la Iglesia ni a mí su consuelo, su luz, su amor.

Estamos en el Año de la Fe, que he querido convocar para reforzar nuestra fe en Dios en un contexto que parece ponerlo cada vez más en un segundo plano. Querría invitar a todos a renovar una firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son quienes nos permiten a diario caminar a pesar del cansancio. Querría que cada uno se sintiera amado de ese Dios que nos ha dado a su Hijo y que nos ha demostrado su amor sin límites. Querría que cada uno experimentase la alegría de ser cristiano. Hay una bella oración para ser recitada por la mañana que dice: “Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te doy gracias por haberme creado, por haberme hecho cristiano…”.

¡Sí, estamos contentos por haber recibido el don de la fe, el bien más valioso que ninguno nos puede arrebatar! Agradezcámoslo al Señor cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. Dios nos ama, pero espera que nosotros lo amemos también.

Pero no quiero dar las gracias únicamente a Dios. Un Papa no guía él solo la barca de Pedro, aunque él sea el primer responsable; yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia me han ayudado y me han sostenido.

En primer lugar, vosotros queridos cardenales: vuestra sabiduría, vuestros consejos, y vuestra amistad han sido muy valiosos para mi; mis colaboradores, empezando por el Secretario de Estado que me ha acompañado con fidelidad durante estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, como también todos aquellos que, en las diferentes áreas, prestan su servicio a la Santa Sede: hay tantos rostros que no aparecen, que trabajan ocultos, pero en el silencio, en su dedicación diaria, con espíritu de fe y humildad han sido para mí una ayuda segura y fiable. Un puesto especial lo ocupa la Iglesia de Roma, mi diócesis. No puedo olvidar a mis hermanos en el Episcopado y Presbiterado, las personas consagradas y todo el Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en las audiencias y en los viajes he percibido siempre gran dedicación y afecto; pero al mismo tiempo yo también he querido mucho a todos y a cada uno, sin distinciones, con la caridad pastoral que existe en el corazón de cada Pastor, especialmente en el Obispo de Roma, en el sucesor del Apóstol Pedro.

Cada día he rezado por cada uno de vosotros, con el corazón de un padre. Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegase a todos: el corazón de un Papa se alarga a todo el mundo. Querría dar las gracias al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, que hace presente la gran familia de las naciones. También me vienen a la cabeza quienes trabajan para las comunicaciones, a quienes agradezco por su importante servicio. Ahora querría también dar gracias de corazón a las numerosas personas en todo el mundo que, durante las últimas semanas, me han enviado muestras cariñosas de afecto, amistad y oración. Sí, el Papa nunca está solo: ahora lo experimento de forma tan clara que me toca el corazón. El Papa pertenece a todos y muchas personas se saben cercanas a él. Es verdad que recibo muchas cartas de los grandes del mundo –desde los jefes de Estado a los líderes religiosos, representantes del mundo de la cultura, etcétera-. Pero también recibo muchas cartas de personas sencillas que me escriben sencillamente con el corazón, y me hacen sentir su afecto, un afecto que nace de una vida junto a Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe, por ejemplo, a un príncipe o a una personalidad que no se conoce. No, me escriben como hermanos o hermanas, como hijos e hijas, que se saben unidas por un lazo familiar muy afectuoso. Aquí se puede experimentar qué es la Iglesia: no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un Cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que une a todos. Experimentar la Iglesia de este modo y poder casi tocar físicamente la fuerza de su verdad y de su amor, es un motivo de alegría, en un tiempo en que tantos hablan de su declino.

En estos últimos meses he experimentado que mis fuerzas iban disminuyendo, y he pedido a Dios insistentemente, en la oración, que me iluminase con su luz para que pudiera tomar la decisión más justa, no por mi bien sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso conociendo plenamente su gravedad y su novedad, pero también con una profunda serenidad de espíritu. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre presente el bien de la Iglesia y no el de uno mismo. Permitidme que vuelva de nuevo al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión dependía justamente del hecho que desde ese momento me había comprometido siempre y para siempre con el Señor. Siempre: es decir, el ministerio petrino implica que uno no tiene ninguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida le viene quitada, por así decirlo, la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la vida cuando la da. Antes he dicho que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de Pedro y le tienen mucha estima; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo y que se siente seguro en el abrazo de su comunión: porque no se pertenece ya a sí mismo, pertenece a todos y todos pertenecen a él. El “siempre” es también un “por siempre”, no se puede regresar a la vida privada. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no cambia este aspecto. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recibimientos, conferencia, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo junto al Señor Crucificado. No poseeré ya la potestad del oficio para el Gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración me mantendré, por decirlo así, en el recinto de san Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, será siempre un grande ejemplo para mí en esto. Él nos mostró un camino hacia una vida que, activa o pasiva, pertenece completamente a la obra de Dios. Agradezco a todos y a cada uno también por el respeto y la comprensión con que habéis acogido esta decisión tan importante. Continuaré acompañando a la Iglesia en su camino con la oración y la reflexión, con la dedicación al Señor y a su Esposa que he intentado vivir hasta ahora cada día y que deseo vivir siempre.

Os pido que os acordéis de mi ante Dios, y especialmente que os acordéis de rezar por los Cardenales, llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.

Invocamos la materna intercesión de la Virgen María Madre de Dios y de la Iglesia, para que acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad de la Iglesia. A ella nos confiamos, con profunda confianza.

¡Queridos amigos! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre también y especialmente en los momentos difíciles. No perdamos de vista esta visión de fe, que es la única visión verdadera en el camino de la Iglesia en el mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la alegre seguridad que el Señor está junto a nosotros y no nos abandona, está cerca y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!

Pobres y ricos están en el Opus Dei

José de Jesús Tirado, Arzobispo emérito de Monterrey (México), A.M. (Celaya, México), 26.VII.1992

El Arzobispo de Monterrey, Monseñor José de Jesús Tirado, accedió a contestar 18 preguntas que se le plantearon acerca del Opus Dei.

1.-¿Qué es el Opus Dei?

Arzobispo: Consiste en algo muy sencillo: tener como principio el compromiso de ser santo trabajando bien y ofreciéndolo a Dios, no importa qué trabajo sea, todos caben: el dependiente de una tienda, el que barre la tienda y el dueño.

Todo tipo de personas: un obrero, una empleada doméstica, una madre de familia, un ingeniero…

La labor del Opus Dei consiste también en acercar a otros a Dios. Por ejemplo, al hijo o al compadre le hablan de Dios y lo acercan a los sacramentos. Es ser apóstoles tomo siempre hemos sido los cristianos, pero ahora debemos serlo más porque nos hace mucha falta.

2.-¿Se sabe quiénes son del Opus Dei?

Arzobispo: Sí se sabe; pero no lo dicen por que es gente a quienes no les gusta el ruido. Bueno no tiene por qué irlo diciendo, porque son católicos como cualquier otro.

3.-Entonces, señor Arzobispo. ¿qué diferencia hay entre un cristiano que es del Opus Dei y uno que no lo es?

Arzobispo: No hay diferencia, bueno.., la diferencia está en la seriedad con que se busca la santidad. Porque ordinariamente un cristiano por la mañana se levanta, se desayuna v se va a su trabajo; uno del Opus Dei, en cambio, además de cumplir con las obligaciones de su trabajo -el que sea- va a la Santa Misa, hace un rato de oración o lee el Evangelio.

Muchos rezan el rosario en la calle o en el camión y nadie se da cuenta. Son iguales a todos pero rezan más y ayudan a su familia, a su amigo, vecino, a su compañero de trabajo, a ser mejor católico.

4.- Y el Opus Dei ¿qué hace con sus miembros?

Arzobispo: El Opus Dei tiene la obligación de presentarles los medios para que sean santo: de darles -sean hombres o mujeres- lo que llamaríamos la formación que necesitan para que puedan vivir una vida santa en medio de la calle.

5.- Entonces, señor Arzobispo, ¿qué relación tiene el Opus Dei con la actuación de sus miembros en su familia, en su trabajo, en la política, etc?

Arzobispo: El Opus Dei es muy amigo de la libertad y forma a sus miembros con un sentido de responsabilidad cristiana para que ellos actúen libremente en todos los terrenos, sin representar al Opus Dei en ningún momento y mucho menos en su vida de trabajo o en la política.

Así, sí uno del Opus Dei decide hacer política, es él libremente quien actúa y deberá responder él y sólo él de sus actos; porque el Opus Dei no tiene nada que ver con eso. Sólo le interesa que sus miembros lleven una vida auténticamente cristiana.

6.- ¿Por qué los del Opus Dei hablan tanto de su Fundador?

Arzobispo: Es muy lógico y razonable por que ellos consideran a su Fundador como su padre en el espíritu, y por tantas cosas buenas que han surgido de su vida y de sus enseñanzas.

Ahora se ha iniciado el proceso de canonización y yo creo que es un santo, que ya no sólo es del Opus Dei sino de toda la Iglesia.

¿SECRETOS EN EL OPUS DEI?

7.-No falta gente que dice que el Opus Dei es poco transparente, que tiene secretos, ¿qué nos puede decir de esto?

Arzobispo: El Opus Dei no tiene secretos. Bueno, los que son sacerdotes tienen el secreto de la confesión, pero no por ser del Opus Dei sino porque son sacerdotes. Yo conozco al Opus Dei y sé bien lo que son y sé que no hay secretos.

EL PODER

8.-A veces se oye decir que el Opus Dei tiene mucho poder, que controla algunos puestos importantes en la sociedad. ¿qué nos puede decir sobre esto?

Arzobispo: Desde luego el Opus Dei no controla poderes. Supongamos que uno del Opus Dei es diputado; pues el Opus Dei no se hace responsable de lo que ese individuo haga o no haga.

Él como cristiano tiene responsabilidad tiene todos los derechos y todas las obligaciones de cualquier cristiano. El poder del Opus Dei es la oración, porque rezan mucho.

9.-Señor Arzobispo, ¿por qué a veces se dice que los del Opus Dei son muy conservadores o tradicionalistas?

Arzobispo: El Opus Dei no es una rama conservadora ni tradicionalista, ni se le puede poner ninguna etiqueta. El Opus Dei sostiene lo mismo que sostiene la Iglesia, de manera que quien lo califica de tradicionalista o conservador comete un error, porque el es una institución de mentalidad católica.

Está plenamente adherida a las determinaciones del Magisterio cíe la Iglesia, por ejemplo, del Concilio Vaticano II, las de Pablo VI y las del papa actual que nos gobierna. ¿Que cuáles son estas determinaciones?: estar clamando en oración y sacrificio para solucionar los problemas del mundo, para ser mejores cristianos todos.

10.-Señor Arzobispo, en concreto ¿qué apostolados promueve el Opus Dei en la diócesis?

Arzobispo: El principal apostolado que promueve es que cada uno de los del Opus Dei, es -en la fábrica, en el taller, en la universidad, en la oficina- un ejemplo vivo de vida cristiana.

Sin embargo, dirige espiritualmente, por ejemplo, tiene una escuela que se dedica a la formación de las muchachas qee dan servicio a las familias -se llaman trabajadoras del hogar- y ahí va como 300 alumnas que llegan sin saber leer ni escribir, salen graduadas de secundaria y son mejores cristianas.

Para hombres tienen un centro de formación para obreros. También hay residencias para estudiantes universitarios. están haciendo un edificio grande en la del Valle, que va a ayudar mucho. También dan catecismo a niños en barrios pobres, y se presentan como lo que son, estudiantes que quieren cooperar con esto y a los párrocos les sirve mucho esta labor de universitarios.

NO SOLO HAY RICOS

11.-¿Se podría decir que el Opus Dei es elitista o rico?

Arzobispo: El Opus Dei no es un grupo elitista, porque realmente, te voy a decir, puede entrar cualquiera. Los obreros, gente humilde, pero también hay médicos. ingenieros, empleados, de todo.

Así que no es elitista. Ahora. que sea rico… el Opus Dei no es rico, mucha gente ayuda al Opus Dei, y con eso sacan apostolados y los sostienen.

Lo que pasa es que si una persona rica es del Opus Dei llama la atención, y nadie se fija -en cambio- si un obrero es del Opus Dei y si es pobre. Igual que la Iglesia que no es rica, aunque hay pobres y ricos.

12.-Entonces, ¿de dónde saca el Opus Dei dinero?

Arzobispo: Pues primero del trabajo de los que son del Opus Dei. Cada uno aporta lo que puede y con esto se promueven apostolados.

También obtienen medios de mucha gente que no son de la Obra pero que quieren y aprecian su trabajo: son los cooperadores del Opus Dei, que son muchos.

13.-Pero. ¿las casas en donde viven algunos del Opus Dei no le parecen lujosas?

Arzobispo: Bueno, la pobreza no consiste en no tener o en tener casa mal cuidadas. La pobreza es no apegarse a las cosas que se tienen; así cada uno sabrá si vive o no en la pobreza, no importa que tengan mucho o poco: Nos apegamos nosotros, por ejemplo al peso mexicano mientras que vale… hoy que no vale, no nos apegamos.

PRELATURA PERSONAL

14.-Recientemente se dio a conocer la noticia de que el Papa Juan Pablo II decidió erigir al Opus Dei en Prelatura Personal, ¿qué significado tiene que el Papa haya hecho del Opus Dei una Prelatura Personal?

Arzobispo: Si como no… antes que otra cosa quisiera que el fenómeno pastoral del Opus Dei quedara bien claro, pues por ser una novedad jurídica y apostólica sobre la que no estamos acostumbrados, puede resultar difícil de entender.

En la Iglesia no había nada parecido. Me parece que es la Primera Prelatura personal erigida por la Santa Sede. Bueno, hay otras, pero no son personales, sino jurisdiccionales para un territorio. Pero esta es Personal.

Primero hay que decir que el Opus Dei no es una orden, ni una congregación religiosa; es decir: no salen del mundo. No es tampoco una asociación apostólica como la Acción Católica: es decir, no son un grupo, ni actúan nunca como grupo. Viven y van a las parroquias y asisten a cualquier parte y trabajan en todos lados.

Lo que hacen es actuar como cristianos en su trabajo o en la oficina o donde estén. Se esfuerzan en ser buenos católicos y el Opus Dei los ayuda a lograrlo.

Hay que aclarar que es una Prelatura, no una diócesis, ni una parroquia, es una prelatura pero no tiene límites de geografía como las que hay en otros lados, como en Chihuahua y en Durango.

Es Prelatura, pero es personal, es decir, la forman personas que quieren vivir de acuerdo a lo que el Opus Dei promueve.

La Prelatura le da una estructura definida. Están bajo la jurisdicción de un prelado que depende directamente de la Santa Sede. Actualmente el Prelado es Monseñor Alvaro del Portillo, puesto por el Papa, un hombre muy capaz, muy inteligente, que estuvo junto al Fundador durante mucho tiempo.

Entonces el Prelado dirige todo para lograr los fines estrictamente espirituales y apostólicos que el Opus Dei persigue. En todo lo demás, somos los obispos los que gobernamos por igual a los cristianos de la Diócesis, sean o no del Opus Dei. por que todos son iguales.

Esto quiere decir, que los del Opus Dei se atienen al obispo en todo, como cualquier otro cristiano, y en lo que se refiere a los fines y a los medios propios de la Prelatura, en esto los dirige el Prelado.

15.- Por último, señor Arzobispo, en el contexto de la Iglesia Católica, ¿qué opinión tiene usted sobre el Opus Dei?

Arzobispo: Yo conozco al Opus Dei desde hace mucho tiempo. Es una institución muy oportuna para formar a la gente en este mundo para que lleguen a la santidad.

Hay solteros, casados, viudos, de todo, y todos ayudan. Es algo muy oportuno en la Iglesia pues todo su mensaje va sobre el trabajo en medio del mundo. Sé que tiene muchos frutos, hay muchas vocaciones y han crecido mucho y ya está el Opus Dei en todo el mundo.

Yo creo que con los años tendrá mucha importancia en la Iglesia, pues ayudará a que haya mucha gente buena. El Opus Dei está haciendo mucho bien al mundo y en nuestro caso a Monterrey.

Un nuevo beato para la Iglesia

Fuente: EL MERCURIO, Chile, Valparaíso, domingo 17 de mayo de 1992

Por Francisco de Borja Valenzuela Ríos, Arzobispo de Valparaíso

Hoy 17 de mayo, domingo quinto de Pascua, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. En varias oportunidades, he tenido la alegría de presidir la Eucaristía que cada año, el día 26 de junio, se ha celebrado en su memoria y en la que hemos rogado por su pronta beatificación. Considero, pues, un verdadero regalo pascual para la Iglesia esta nueva luz que se enciende en el firmamento de los bienaventurados.

Dios, en su infinita caridad y misericordia para con los hombres, nos ofrece en la persona de este hijo suyo que llega a los altares, un modelo de santidad sacerdotal y un camino de santificación, de actualidad, a través del trabajo profesional y del cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

Para quienes hemos recibido el precioso don de la vocación sacerdotal, el ejemplo del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, nos impulsa a reavivar la gracia que un día recibimos por la imposición de las manos episcopales.

Nos recordaba el Santo Padre Juan Pablo II, en su carta a los sacerdotes, con ocasión del Jueves Santo de 1986: “el sacerdocio ministerial, que es nuestra heredad, es también nuestra vocación y nuestra gracia. Marca toda nuestra vida con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. A ello nos sentimos arrastrados por el ejemplo de tantos sacerdotes que nos han precedido”.

Monseñor, Escrivá de Balaguer, sin duda, se inscribe en ese numeroso grupo de “sacerdotes qué nos han precedido”, y que con su ejemplo nos induce a servir a la Iglesia de Cristo con una entrega sin reservas, en santidad de vida. El ministerio sacerdotal del padre Josemaría fue muy fecundo para la Iglesia y el mundo. Basta considerar que, sólo en el curso de su vida, el Señor lo hizo instrumento valioso para que cerca de mil hijos suyos, provenientes de diversas nacionalidades y culturas, llegaran al ministerio sacerdotal, y le permitió conducir a miles de seglares, solteros y casados, por caminos de auténtica vida cristiana en medio de los afanes de este mundo.

La figura de este nuevo beato nos da mucho que pensar. Es inmenso el bien, grande la fuerza espiritual, profunda la renovación de los corazones, que un sacerdote santo puede suscitar con y por la gracia de Dios. Por este motivo, me siento inclinado a encomendar a su intercesión la santidad de los sacerdotes, por la que él tanto trabajó, y que lo convierte, como se lee en el decreto sobre la heroicidad dé sus virtudes, “en un luminoso ejemplo de celo por la formación sacerdotal”.

La beatificación del fundador del Opus Dei también encierra una significación eclesial que quisiera señalar brevemente. Monseñor Escrivá de Balaguer será el primer beato que llegue a los altares, fallecido con posterioridad al Concilio Vaticano II. Podría verse en este hecho una providencial coincidencia, ya que su predicación fue un valioso precedente de lo que el Papa Paulo VI denominó el elemento más característico de todo el magisterio conciliar: la invitación a la santidad a todos los fieles. Así lo hacía notar, en 1981, el Cardenal Ugo Poletti en el decreto de introducción de la causa de beatificación y canonización del Padre Escrivá: “Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde qué fundó el Opus Dei en 1928, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, ha !ido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia”.

El nuevo beato, a través de sus escritos, entrega con nitidez y renovado acento, lo que entraña el trabajo profesional o laboral, en la vida ordinaria del cristiano, para su santificación. Me parece que es como el carisma de este sacerdote: iluminar lo que significa para un laico su paso por la tierra.

Con sinceridad enseñaba la libertad en materia política:

“Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensa en política: ¡no me interesa…! No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la consecuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más límites que los que marca el Magisterio de la Iglesia”. Y en otro lugar señalaba:

“Me produce una pena muy grande enterarme de que un católico -un hijo de Dios que, por el Bautismo, está llamado a ser otro Cristo- tranquiliza su conciencia con una simple piedad formularla, con una religiosidad que le empuja a rezar de vez en cuando ¡sólo si piensa que le conviene…! Y luego, con desfachatez o con escándalo, utiliza para subir la etiqueta de cristiano”.

Quisiera mencionar un hecho que honra también a nuestra amada diócesis de Valparaíso y que he conocido recientemente. Cuando Monseñor Escrivá visitó nuestro país, en 1974, dentro de las actividades programadas para esos días, realizó una romería al Santuario de la Purísima de Lo Vásquez. Allí, de rodillas en el presbiterio, rezó el santo rosario acompañado de un grupo numeroso de fieles. Con anterioridad, había dicho que pediría a la Virgen tener la fe de los chilenos; que nos supiésemos amar con un corazón grande, sin excluir a nadie; que encomendaría a todos los sacerdotes, especialmente a los sacerdotes de Chile. Con el emotivo recuerdo de esta peregrinación a Lo Vásquez, Monseñor Escrivá dejó nuestro país, no sin antes haber comentado: “voy a decir por ahí, que los chilenos saben rezar”.

Deseo, finalmente, en estas líneas, con motivo de la beatificación del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, agradecer al Opus Dei los valiosos servicios que presta a nuestra diócesis, de manera particular, la colaboración que generosamente ofrece a nuestro Seminario Pontificio.

EL «BEATO» ESCRIVÁ DE BALAGUER, ¿SIGNO DE CONTRADICCIÓN?

Vida Nueva, 11-18.IV.92, Madrid, España

ENTREVISTA a Flavio Capucci, postulador de la causa de beatificación

EL «BEATO» ESCRIVÁ DE BALAGUER, ¿SIGNO DE CONTRADICCIÓN?

Por Miguel Ángel VELASCO

La primavera romana ha llegado este año con varios días de antelación. Las mimosas de las elegantes villas que circundan el edificio dela sede central del Opus Dei, en la residencial zona romana del Parioli, viale Bruno Buozzi, 73-75, han florecido ya. En el kiosco de enfrente, los titulares de los periódicos gritan: «Massacrati due carabinieri»; en la pared de enfrente, alguien, en nombre de no se sabe qué rebeldía juvenil, ha escrito algo sobre el sueño de una revolución, con esta frase foral: «No alle catene dell’ipocrisia capitalista…». Por palabras que no quede.

Me hacen pasar a una pequeña sala de visitas en semipenumbra. Al lado de la chimenea, dos fotografías de un Alvaro del Portillo, jovencísimo estudiante en una, y ya con uniforme de ingeniero de Caminos y su bien recortado bigote de época, en la otra. Sobre una mesita, una gran fotografía de Juan Pablo II, dedicada «al diletto figlio Alvaro del Portillo», con la bendición apostólica, y en otra repisa, bajo una foto del padre Escrivá, un pequeño librito en inglés: «The way» (Camino). Don Flavio Capucci, postulador general del Opus Dei, me recibe con gran cordialidad. Vamos a hablar de la próxima beatificación de monseñor José María Escrivá de Balaguer, el «padre», como le llamaban en vida y le siguen llamando ahora a él y a su sucesor, los miembros de la Obra; así está escrito, sin más, sobre la lápida que cubre su tumba, en la cripta a la que continuamente llegan gentes de todo el mundo paró rezar.

-Se ha creado, don Flavio, un clima muy enrarecido en torno a esta beatificación. Por qué, a su juicio, una polémica tan fuerte? ¿La esperaban ustedes? ¿Creen que alguien tiene interés en suscitar una campaña exacerbada? ¿Por qué?

-Pues, la verdad, no lo sé. Yo creo que lo importante es no perder el sentido de la realidad que nos pone frente a un hecho ante el que la Iglesia, de modo abrumadoramente mayoritario, a mi entender, está reaccionando con una simpatía extraordinaria y yo diría que también con unidad.

-No sé aquí, pero para quien, como yo, viene de España, lo cierto es que cabe hablar de todo menos de unidad, don Flavio.

-Me hago cargo, pero no siempre son los más aquellos que más hablan y aparecen. Son, suelen ser siempre, muchos más los otros. Yo, desde aquí, puedo testimoniar que es inmenso el cariño hacia la persona y la obra de nuestro padre, demostrada en visitas, llamadas y miles de cartas provenientes de las espiritualidades y órdenes más diversas, que hablan de la alegría que les produce esta beatificación y de los beneficios indudables que tendrá en la Iglesia este acontecimiento eclesial. Sé, sin embargo, que hay pequeños grupos, muy claramente identificados, con nombres y apellidos, de teólogos más o menos disidentes, sin un gran relieve eclesial. Hablo de disidencia frente a la beatificación.

-¿Y por qué dice que son de poco relieve eclesial?

-Porque nosotros, ante ciertas críticas y oposiciones, vamos a los obispos respectivos, que es donde nos parece que debemos ir en la Iglesia, y todos nos dicen que son esos mismos grupos los que les están creando problemas en otros terrenos doctrinales. Nos tranquilizan y nos dicen que no nos preocupemos, porque lo que dicen está en sintonía con algunas otras actividades suyas en el ámbito moral y pastoral. Eso que están haciendo entronca, además, con un interés por parte de ciertos medios de comunicación pública, laicistas, que no se distinguen precisamente por su posición a favor de la Iglesia.

-El hecho, bien triste por cierto, es que, con polémicas de este tipo, se acaba mezclando a la Iglesia en general, al propio Papa…

-Yo prefería, francamente, no mezclar en nada de esto al Papa. Prefiero mil veces que me critiquen a mí, a nosotros. La verdad es que sí uno entra a examinar los argumentos que usan, se da uno cuenta en seguida de su poco peso y consistencia.

-Hagámoslo, don Flavio. Permítame hacer de abogado del diablo, esa figura tradicional en las causas de los santos que con las nuevas normas, si no ha desaparecido, por lo menos ha cambiado. Hay quien, en un reciente programa de televisión, en España, apuntó determinados argumentos (sobre la irascibilidad de monseñor Escrivá, en concreto, sobre su apego al dinero, a la riqueza, a los honores, al marquesado) que no acabaron de ser rebatidos. Hay quien, como el teólogo Martín Velasco, ha hablado, refiriéndose al padre Escrivá, de su «opción preferencial por los ricos, en vez de los pobres…»

-En cuanto a lo primero, he de señalar que hay también un grupo muy reducido de ex miembros de la Obra que andan repitiendo siempre las mismas cosas, la mayoría de las cuales son sencillamente falsas, meros infundios. Yo creo que, sinceramente, soy la persona que mejor conoce la vida del padre. Le conocí en vida y tras su muerte, por ser el postulador general, he dedicado mi vida a conocer su obra, su figura y sus actos y aseguro y estoy dispuesto a demostrarlo donde haga falta, que muchas de las cosas que van diciendo no tienen el menor fundamento real. En cuanto a lo segundo, también es una argumentación fácilmente desmontable. Se parte comúnmente de una reducción de lo religioso al ámbito de lo político. (Martín Velasco teme que «con esta beatificación serán más difíciles las relaciones Iglesia-izquierda española»). Se interpreta una beatificación como sí fuera un acto político de la Iglesia que consagra una línea pastoral de apoyo a los ricos. Eso lo explica todo. La Iglesia, al proponer una beatificación, no hace una opción política. Cada beatificación se injerta en la tradición espiritual de la Iglesia, en cuya universalidad caben todos los carismas. Con nuestro padre va a ser beatificada -y ello es un inmenso gozo para todos nosotros- una ex esclava negra sudanesa, Josefina Bakhita, convertida a la fe católica.

En la pluralidad de instancias espirituales que se dan en la vida de la Iglesia, en la variedad de los diversos carismas se confirma la unidad de la Iglesia; pero sí este hecho se analiza desde una óptica extraña, no teológica, se desfigura completamente su sentido y se acaba reduciendo la realidad eclesial al resultado del choque entre dos modos de vivir la fe. Así se presenta una beatificación como algo que divide y que privilegia a unos frente a otros, en vez de unir a todos. Ni Escrivá ni Bakhita pueden ser tomados como representantes de dos partidos contrapuestos, sino como dos ejemplos, entre muchos, de la multiforme santidad cristiana.

-Se critica, profesor Capucci, la presión ejercida por el Opus Dei para acelerar esta beatificación, la prisa con que se ha llevado a cabo; se habla de dinero, de influencias…

-Efectivamente; en una palabra: se buscan deficiencias y errores dentro del curso de la causa y se demuestra una gran ignorancia de la praxis canónica de las beatificaciones. Hay quien se mueve con la idea de que somos tan ingenuos en el Opus Dei que precisamente en la causa de nuestro fundador íbamos a hacer las cosas de manera superficial. Es fácil contestar tales objeciones, porque se trata de simplificaciones que se podrían entender, acaso, en gentes que no saben racionalizar en términos sobrenaturales: Escrivá y su opción por el poder, por la autoridad, por el miedo a la innovación, por el conservadurismo, no son más que clichés simplistas. Se ha estudiado y demostrado a fondo su heroicidad en la práctica de cada una de las virtudes. No fue sólo modelo en una cosa. Es el equilibrio propio de los santos entre aspectos aparentemente contradictorios. Vivió heroicamente la pobreza, y a la vez, la magnanimidad; simultáneamente, la humildad y la audacia. Quien no esté familiarizado con la espiritualidad -y no sólo teórica, sino vivida cada día- puede caer en determinados simplismos; pero en personas con espiritualidad no se entiende. En la eclesialidad de la figura de nuestro padre se encuentran, a diario, seglares y religiosas de clausura.

-Déjeme seguir en mi papel de abogado del diablo para recoger el sentir de determinados grupos que le dirían: «eso de que el padre Escrivá vivió heroicamente la pobreza no se lo cree ni usted…»

-Cada acto de cada virtud ha sido analizado en la causa para dar a los consultores la mayor certeza analítica. En la vida del padre hay momentos de estrechez enorme. No vale sólo un momento. En Burgos, a comienzos del 38, huye de Madrid ante el riesgo de muerte inmediata. No tiene un céntimo, ni para una sotana. Alguien le rasga la vieja y él se pasa la noche remendándola. En esas circunstancias decide renunciar a estipendios de misas y envía a los obispos el único medio que tenía de ingresos. No es un episodio aislado, sino una actitud constante de su vida, la de su austeridad. Hasta el año 64 no tendrá una colcha en su cama y la Obra ya se había desarrollado, pero el dinero que había lo dedicaba todo a obras apostólicas. Entiendo que, para algunos, sea difícil comprender la dignidad que siempre quiso para los lugares de culto. Él solía decir que con Dios se da lo que se debe, aunque se deba lo que se da.

La construcción de esta sede central de la Obra donde estamos fue toda una odisea. No había dinero para comer e íbamos al Laterano andando para no gastar en tranvía. Luego viajó en un Mercedes, sí, pero que le regalaron. Así que todo eso de su apego al dinero y ala gente del poder, yo no lo acepto. Es una visión falsa de la realidad de la Obra y de su fundador. Siempre tuvo los brazos abiertos a todo el mundo. No tuvo amistad con los poderosos. Yo soy el que más ha estudiado su vida y obra e insisto: el lado social, por llamarlo de algún modo, del Opus Dei es infinitamente superior al del IESE y las universidades. Hay que ir a Hispanoamérica, a Perú y su centro para campesinos, a Guatemala y ver la labor social del Opus Dei, a las escuelas en Nagasaki; a la Ciudad de los Muchachos en México, de eso no se habla, o se habla poco. En la diócesis peruana de Abancay, el obispo catalán, del Opus Dei, monseñor Enrique Pelac, distribuye 40.000 comidas diarias entre los necesitados. En Madrid está Tajamar, que hoy es una cosa, una realidad maravillosa, pero en sus comienzos era algo muy distinto. Todo esto y en todo el mundo, cómo, sí no, existiera? El Opus Dei es una representación bastante fiel, en su composición, de lo que es la sociedad; eso sí, con una asombrosa unidad de espíritu y con la misma vocación de pobres y ricos a su santificación en la vida de cada día. Así que de relación preferencial con los poderosos…, ni mucho menos.

-Sin embargo, hay quien repite que en Burgos brujuleaba en torno a Franco, mientras que en 1964, en carta a Pablo VI, rechaza la acusación de filo franquismo y se muestra preocupado ya por el después de Franco. Hablan de «oportunismo».

-Te contaré una anécdota poco conocida: al final de una audiencia con Franco, le dijo: «Su excelencia ha pensado que un día se tiene que morir?». Franco, por lo visto, no daba crédito a lo que oía. Cuando el padre se lo contó al patriarca Eijo y Garay, éste le dijo: «José María, tú no harás nunca carrera». Lo importante de nuestro padre es que iba a las almas y les hablaba de Dios. No es menos cierto -y tampoco se suele tener demasiado en cuenta- que supo suscitar una gran sensibilidad social en personas de dinero, de modo poco corriente entre los hombres de Iglesia; supo suscitar en ellos sed de justicia frente a los problemas sociales. Hay muchos empresarios que han dado y dan dinero y son resortes que se hubieran quedado sin aprovechar en la Iglesia, aunque no es dinero sólo del Opus Dei, claro.

-¿Y en cuanto al carácter que a veces demostraba, según dicen algunos que le conocieron?

-Yo he convivido muchos años con él y puedo decirte que he llorado por su muerte más que por la de mí propio padre. Era un hombre que sufría cuando tenía que corregir a alguien. Pedía perdón y le quedabas agradecido. Es verdad que, como buen aragonés, tenía un carácter fuerte, pero, por ejemplo, eso que cuentan de las patadas a las puertas es una falsedad de arriba a abajo. Supo vencer su carácter. Hablaba muy claro, pero yo, por ejemplo, no consigo tratar a personas que trabajan conmigo con la misma paciencia y caridad. Insisto. Yo no he conocido a ese monseñor Escrivá que algunos describen y no sé qué les lleva a insistir en ello; pero no vamos a entrar a atacar a nadie, aunque parece que sí no atacas, es que tienes algo que ocultar. No tenemos que demostrar la inocencia de nadie, sino que hemos demostrado, en un proceso absolutamente objetivo y riguroso, la santidad personal de nuestro fundador. Quienes quieran atacar que den argumentos válidos.

Hasta ahora no ha habido ni uno solo que no haya sido fácilmente contestado y demostrada su falsedad.

-¿Qué consecuencias puede tener toda esta polémica, que va mucho más allá del sano y legítimo pluralismo cristiano, en el proceso, en la causa de beatificación?

-Como es natural -aunque el proceso ha terminado-, yo les tengo perfectamente al día de las objeciones, cuando me llegan o se publican; y veo que la cosa no tiene relieve. En la Congregación examinan el material y, hasta ahora, ven que no se añade nada a lo ya visto ampliamente, estudiado y refutado en la causa.

-¿Es impensable, pues, una suspensión o un retraso en la beatificación?

-Ciertamente. Cuanto algunos han hecho llegar al Papa o a la Congregación ha sido ya estudiado y contrastado con los estudios procesales y «nihil novum sub sole», no se encuentra nada nuevo digno de atención o de relieve.

-Perdóneme una pregunta de curiosidad histórica: ¿es cierto, como he oído a alguien, que hubo un momento en que el propio Juan Pablo II mandó parar, personalmente, el proceso?

-No, no es cierto. Hubo un momento en que se intentó mezclar esta beatificación con algo referente a Isabel la Católica. Un mes después, como mentís rotundo a rumores propalados, salió el decreto de aprobación del milagro y un diario italiano, La Repubblica, tituló: «El Opus ha logrado vencer la resistencia del Papa». Eso es falta de profesionalidad, por no hablar de ignorancia o malevolencia. ¿Alguien puede pensar seriamente que el Papa apruebe un milagro en un proceso de beatificación con ligereza y sin toda clase de pruebas y garantías? No saben de qué hablan.

-En cuanto al cumplimiento de los requisitos establecidos en la legislación canónica para la validez del proceso, tampoco faltan detractores y dudosos.

-Ha sido perfecta la validez y la regularidad del proceso. Es más: los consultores han reconocido la ejemplaridad del proceso.

-Es cierto que al día siguiente de la muerte de monseñor Escrivá fue presentada la petición de beatificación?

-No, no es cierto en absoluto. Sí es cierto que en seguida de su muerte, don Alvaro pidió que quienes lo hubiesen conocido escribieran un testimonio con sus recuerdos y empezaron a llegar a miles algunos altísimamente cualificados-, pero a mí me nombró postulador de la causa en febrero del 78, así que habían pasado casi tres años y sólo el 19 de febrero del 81 comienza oficialmente el proceso, de modo que casi cinco años y medio habían pasado: los necesarios para clasificar y poner orden en hechos, respaldados por documentos, uno por uno. Siete volúmenes de documentos, por mí parte, más de dos mil folios, sin una sola línea de comentario.

-También se dice que todo ha sido una iniciativa de vértice, no de la base.

Tampoco es cierto y es fácilmente demostrable. Una causa de beatificación no es nunca una iniciativa de vértice, de presión, sino una respuesta de la Iglesia a una petición del pueblo, de los fieles: pidieron la apertura de la causa 6.000 cartas de más de’ 100 países, entre ellos 69 cardenales, 1.228 obispos (más de un tercio de los obispos del mundo), de los cuales 59 españoles (34 de ellos habían conocido personalmente al padre, 41 superiores de órdenes religiosas, numerosos jefes de Estado y personalidades de la ciencia y de la cultura. Los testimonios personales de cardenales y obispos de todo el mundo son abrumadores, pero no lo es menos la abrumadora mayoría de personas de humilde condición social que habían conocido al padre y se sintieron más cerca de Dios.

-Hay quien dice que algunos obispos lo hicieron convencidos de que la causa no iba a seguir adelante o era algo que iba para largo, pero se arrepienten ahora.

-Dejando aparte tan arbitrario proceso a las intenciones, lo que se pone entonces en tela de juicio no es al Opus Dei ni a su fundador, sino a los obispos, la veracidad y honradez intelectual y moral de quienes gobiernan la Iglesia. Pero pidieron la apertura de la causa, además, más de 80.000 relaciones firmadas de favores obtenidos gracias a su intercesión, lo que atestigua la devoción ya en torno a su figura; es un fenómeno de piedad popular difundido entre personas de todas las condiciones sociales.

-No falta quien a eso replica que se trata más bien de un culto a la personalidad, característico de las sectas, respecto a la figura de su fundador…

-No hay tal. No es culto a la personalidad; es convencimiento de su santidad personal. No dudo en afirmarlo, como lo hacen quienes le conocieron personalmente y quienes han leído sus libros de espiritualidad. Eso nace de la experiencia. Era un hombre que te acercaba a Dios. Dios suscita a los santos porque tienen percepción inmediata de El, no como nosotros que le vemos como entre sombras, y a través de ellos Dios se nos descubre. A mí, a través del padre, se me ha descubierto un Dios amabilísimo, Padre, con una capacidad infinita de comprender y de querer. Así que nada de culto a la personalidad. En la Obra hay una profunda formación espiritual y ascética, adulta, madura, consciente, y yo doy fe de que nuestro padre sabía desaparecer para presentar á Cristo. Yo no quiero imitarle a él, sino a Cristo, que fue lo que me enseñó. Nos pedía perdón por sus faltas de correspondencia, por su mal ejemplo. Él no daba píe al culto alguno a la personalidad; de ningún tipo, y creo que mí -vivencia personal se puede extender a los miembros de la Obra y también a muchos ex miembros que siguen queriéndole y admirándole. Los críticos son un grupito reducidísimo, que se repiten mucho en lo que dicen.

-Está el testimonio de su sobrino que se queja de que no fue escuchado en el proceso, siendo así que se exige oír a quienes le trataron, ¿no?

-Me alegro de esa pregunta para aclarar algunas cosas; se exige no interrogar a los parientes, como él dice, sino a los que más le hubieran tratado, y por eso fueron interrogados sus padres (los padres de ese sobrino), hermanos de monseñor Escrivá, su hermano que había tenido mucho más trato con el padre que el sobrino. Cuando éste escribió la carta quejándose al Papa, el proceso había terminado y no es serio decir entonces, a proceso terminado: yo quiero declarar. La Congregación, de todos modos, habrá examinado su carta al Papa y si sus quejas no han cambiado la decisión de la beatificación, quiere decir que no les han encontrado fundamento. Yo tengo los testimonios firmados por sus padres y algunos de sus hermanos y dicen justamente, respecto al padre, todo lo contrario de lo que dice él.

-¿Y por qué tanta prisa y rapidez? No estamos acostumbrados en la Iglesia a que 17 años después de morir una persona pueda ser beatificada.

-La causa de monseñor Escrivá ha sido una de las más densas y particularizadas que se haya instruido nunca: ha constado de 980 sesiones; han intervenido 92 testigos, de los que 47 no pertenecen al Opus Dei y ex miembros, y se han hecho 265 preguntas a cada testigo.

La vida del padre ha sido analizada casi al microscopio. El resultado ha sido once mil páginas mecanografiadas a un espacio y once volúmenes de documentos compulsados en 390 archivos. No es casualidad que los consultores hayan alabado la exhaustividad del aparato probativo. Cuantos han participado en la causa, á todos los niveles, desde que el cardenal Tarancón la abrió en Madrid hasta hoy, no sólo no han encontrado irregularidad alguna, sino que han elogiado el rigor ejemplar con que ha sido llevada a cabo.

Ha habido, eso sí, una reforma que ha reducido los trámites de las causas; pero todo se ha hecho minuciosamente de acuerdo con la legislación. Por supuesto que yo no he perdido el tiempo. Al día siguiente que concluyera un plazo, tenía presentada la documentación necesaria. Trabajar, hemos trabajado.

-Se ha escrito también que los votos de algunos consultores (De Magistris, Fernández Alonso, por ejemplo) fueron negativos.

-Los nombres de los consultores son secretos. Los designa la Congregación y no la postulación, que no es informada de ello precisamente para defender, de cualquier hipotética presión, la libertad de los consultores.

-Entonces usted, ¿cuándo ha conocido los nombres de los consultores?

-Yo no sólo no los he conocido, sino que no los conozco. Es contradictorio hablar de presiones del Opus Dei y afirmar, a la vez, que ha habido votos contrarios; la existencia de ellos demostraría que no había habido presiones. Mi interlocutor es la Congregación y el día que se sepa el nombre de un consultor que ha dado un voto negativo, nadie querrá darle una causa. La presión de la prensa mundial sería enorme. No sé las fuentes que ha tenido quien eso afirma, pero yo sólo puedo añadir que la Congregación publica los votos de los consultores sin decir su nombre y, en el proceso del padre, hubo siete votos positivos y un voto que proponía «dilata»: esperar; luego esos argumentos no son válidos. El resto de los consultores, a favor, es de una mayoría apabullante.

-¿Cuál es su opinión sobre las declaraciones de personas como el cardenal Tarancón, Feltzman, Fisac, etc.?

-El cardenal Tarancón no sólo inició, como arzobispo de Madrid, el proceso de la causa de beatificación, sino también el del milagro. No me meto a calificar lo que dicen que dice ahora de que se creía que las cosas irían para mucho más largo, pero me sorprendería que lo hubiese dicho. Sus testimonios, cuando era arzobispo de Madrid, a favor del padre, están escritos.

En cuanto a Feltzman, no es cierto que él fuera, como asegura, el ojito derecho del padre, o poco menos. Además, en el 81 era del Opus Dei y había escrito su testimonio irreprochable en favor de la beatificación. Ahora se queja de que no fue testigo. Entre los testigos que yo podía elegir, elegí a otras personas que habían conocido al padre mucho más y mucho mejor que él; y con testimonios de cientos de páginas, no de diez, como el suyo.

-Está la cuestión del presunto nazismo y de la presunta idea del padre Escrivá de pasar a la Iglesia ortodoxa.

-Hay testimonios bien precisos, que ya han sido examinados e incorporados a la causa, que demuestran sin lugar a duda alguna las ideas del padre y su convencimiento sobre la inconciliabilidad entre cristianismo y nazismo. Es de una ingenuidad sorprendente, a decir poco, pensar que la postulación, en doce tomos de epistolario del padre, no haya estudiado eso, o lo de su viaje a Grecia. Quedó, a su tiempo, perfectamente claro que lo hizo en estrecho contacto con el entonces sustituto en Secretaría de Estado, monseñor Dell’Acqua, que ni se le pasó por la cabeza la idea de hacerse ortodoxo, sino que fue un viaje para ver posibilidades de apostolado en aquel país. De verdad que es ingenuo pensar que no tengamos documentos o hayamos estudiado tan poco la vida de nuestro padre. Es hasta ofensivo.

-En definitiva, profesor Capucci: lo que de veras interesa a un buen cristiano en todo este asunto es que de la beatificación del fundador del Opus Dei, como de la de cualquier otro f el cristiano, se deriven beneficios y no daños para la Iglesia, para el pueblo de Dios; gracia y unidad, en vez de división y escándalo.

-Eso depende ya del «sensus fidei» de la gente. A mí, te lo digo con absoluta sinceridad, me preocupa muy poco lo que griten cuatro a los que se les oye mucho porque disponen de altavoces torpemente interesados. Quien tenga la mente libre de prejuicios y una fe firme sabe que la Iglesia estudia una causa de santidad hasta el extremo, que no es una cosa de aficionados. Yo pienso que a los fieles de buena fe no les importará el escándalo más o menos buscado, promovido y artificial. La gente no es tan simple como algunos creen; sobre todo en el ámbito religioso. Se pueden tener distintas opiniones legítimas sobre la figura de un santo o su espiritualidad, pero un católico debería tener claro un punto: lo que ha llegado a la Santa Sede no es una opinión interesada, y con espíritu de parte, sino que se ha conseguido el máximo grado de certeza analítica minuciosamente documentada y fundada.

Un cristiano sincero no se debe formar una idea sobre el padre Escrivá a base de lo que lee por ahí, sin más, sino a base de lo que dice la Iglesia.

-Teológicamente hablando, ¿una beatificación quiere decir algo más que el reconocimiento oficial de la Iglesia de que Dios ha salvado a aquella persona?

-Desde luego que sí. Quiere decir que la Iglesia señala su ejemplaridad, que puede ser presentado como modelo, y el reconocimiento asimismo -la aprobación del milagro lleva a esa conclusión- de que es valiosa su intercesión ante Dios. El juicio sobre sus virtudes heroicas es un juicio humano y la Iglesia tiene perfecta conciencia de ello y va poniendo filtros para garantizar la solidez de ese juicio humano, mediante declaraciones con juramento, etc.; pero beatificarlo es que la Iglesia pretende y desea que Dios -nada menos- confirme ese juicio humano y pide para ello un milagro. Es una lógica sobrenatural . muy audaz, una cosa muy seria, que no se puede despachar con cuatro ingenuidades. Ello supone que se puede introducir a una persona en el culto oficial de la Iglesia.

-Por cierto: se ha hablado de falta de imparcialidad, de reservas sobre ese milagro que se atribuye al padre Escrivá en la persona de la religiosa sor Concepción Boullón, de las Carmelitas de la Caridad de El Escorial (Madrid), enferma de lipocalcinosis tumoral y que sanó, sin que por medios naturales sea explicable su curación.

-Se dicen muchas superficialidades al respecto; no se ve qué tiene que ver que la religiosa fuese prima de dos miembros de la Obra, ni cómo puede haber influido tal circunstancia en un proceso fisiológico y anatómico constatable por radiografía y biopsia. La tarea de verificar la inexplicabilidad de la curación no ha recaído, como se dice, sobre ningún médico de la Universidad de Navarra, sino sobre los peritos de la Congregación de las Causas de los Santos, que no han encontrado ningún elemento que pudiese poner en duda lo milagroso de esa curación por la intercesión de nuestro padre. Una vez más, el autor de tales declaraciones desconoce los hechos. Cuando un médico de la Universidad de Navarra le hizo la biopsia y otro, el doctor Ortíz de Landázuri le hace análisis para comprobar la curación, en esa fase ni se pensaba siquiera en un milagro, ni en una beatificación. Todos los requisitos que se piden para el decreto de aprobación de un milagro se han cumplido con exquisito rigor: Hay afirmaciones por ahí de algunos teólogos que denotan más bien poca familiaridad con el Derecho Canónico. Los cinco médicos nombrados por la Congregación se manifestaron a favor del milagro, por unanimidad, en las tres fases que se siguen en ese proceso.

-Bien, don Flavio: el 17 de mayo está, como quien dice, a la vuelta de la esquina. ¿Qué esperan, cuáles son sus previsiones? ¿Habrá una delegación del Gobierno es pañol como en todas las beatificaciones o canonizaciones de españoles? El presidente de las Cortes de Aragón, que se declara agnóstico, ha manifestado que asistirá…

-Mira, yo de eso no sé nada. Nuestra actitud ha sido la de no organizar nada. La gente es muy libre de hacer lo que quiera. No sé qué número de personas pueden venir. Pienso que en torno a ochenta mil. El Opus Dei no pretende lucirse. Yo no represento al Opus Dei y nada tengo que decir por lo que preguntas de vuestro Gobierno. Sé, a título personal, que asistirán autoridades públicas del Gobierno italiano que, como el presidente Cossiga o el señor Andreotti, han manifestado ya su intención en ese sentido. No son de la Obra. El padre Escrivá es un español, ciertamente, pero también una figura universal, por otra parte.

En resumidas cuentas, yo lo que quisiera de todo corazón es que la beatificación de nuestro padre fuese del mayor fruto eclesial. Hoy que la teología se ha adelantado a la historia, a una historia que ha decretado la caída de una ideología que pretendía fabricar hombres de una sola dimensión, pienso que la Iglesia nunca ha concebido santos de una sola dimensión y ha anunciado para el próximo 17 de mayo el gozo de dos beatificaciones: la de nuestro padre, maestro de la vida espiritual que, con su mensaje de santificación a través del trabajo en medio del mundo, ha proporcionado una respuesta cristiana actualísima al fenómeno de la secularización, que no tiene por qué ser irreversible, como tantos creen, y Josefina Bakhita, que con su vida escondida dio testimonio de la fecundidad de la renuncia a las realidades temporales: dos instancias espirituales aparentemente lejanas y, sin embargo, convergentes.

El esplendor de la primavera romana ha estallado cuando compro los periódicos (españoles e italianos) en el kiosco y veo que Umbral habla de que «el Opus, más bien es nazismo de paisano» y, al día siguiente canoniza por su cuenta al benemérito padre Llanos: «un santo con boina», como él dice. Es una pena que seamos así, pero así somos y, sin embargo, Vittorio Gassman, vuelve de España a su Italia fascinado: «España -declara a la prensa- es una experiencia única, aconsejable especialmente a los italianos. Es el único país de Europa capaz de cultivar una ilusión de euforia, de vitalidad. La gente te da la sensación de estar viva…».

¿Sí…? ¿Seguro, Gassman? ¿También por dentro?

El Fundador del Opus Dei – Testimonio de Ángel Galíndez

El Correo Español-El Pueblo Vasco, Bilbao, 26.VI.92

Viví con un hombre santo

ÁNGEL GALÍNDEZ

No hace mucho tiempo, y con motivo de la beatificación de José María Escrivá de Balaguer, caí en la cuenta de que, a causa de los criterios que hasta ahora han servido para la proclamación de la santidad en la Iglesia Católica, ha sido casi imposible que una persona haya visto en los altares al santo que conoció y trató.

Me parece que hoy seguimos vivos menos de diez personas de quienes, en el curso académico 1935-36, convivimos estrechamente con el hoy beato José María, -el Padre, como le llamábamos nosotros con tanto cariño. Después de 1940 muy pocos tuvieron la oportunidad de convivir con el Padre y todos fueron miembros del Opus Dei, lo que no es mi caso. Por eso, el decimoséptimo aniversario de su tránsito al cielo me sirve, entre otras cosas para caer. en la cuenta de la singularidad histórica de mi experiencia. Y eso es lo que deseo señalar con estas líneas.

He tenido siempre una opinión positiva del Opus Dei, por ser obra del Padre, por la evidente presencia del Señor en su génesis y desarrollo y, también, por el influjo que ha tenido en la vida espiritual de la Iglesia a partir de la segunda mitad de nuestro siglo. Creo que sería imposible entender su evolución y su extensión actual según el patrón normal de un simple desarrollo religioso o humano, precisamente en un tiempo, el nuestro, que aparentemente es agresivo para las cuestiones del espíritu.

Realmente quedé impresionado por le que vi en la beatificación del Padre, en la plaza de San Pedro los días 17 y 18 de mayo pasados. Aquella reunión de centenares de miles de personas, más su talante individual y económico me sorprendieron. En plena plaza del Vaticano estábamos rodeados de una abigarrada multitud compuesta por gentes de Nueva Zelanda, Irlanda, África, América central y del sur. Un sacerdote diocesano de Centro América, al enterarse de que yo había vivido en Ferraz, la primera residencia de la Obra, en el curso 1935-36, me llamó reliquia viviente.

Unos días antes leí una entrevista en la que monseñor Alvaro del Portillo recordaba la vida del Padre. Me emocionó lo que contaba del día de su muerte. Aquella mañana del 26 de junio -venía a decir- fue a una de nuestras residencias, cercana a Roma, y allí no se sintió bien. Regresó en silencio a nuestra casa y en su despacho falleció repentinamente.

Quedé impresionado. Los silencios del Padre… Yo los conocía bien. Al regresar de las clases de la academia de agrónomos, en el lejano invierno de 1940, yo pasaba un momento por el oratorio de la residencia de Jenner, en la que vivía. Algunas veces encontraba allí al Padre rezando, en silencio, en un rincón. ¡No he visto nunca a nadie orar tan intensamente!

La intensidad de la oración es la expresión de la fe de cada uno, y aquello que yo veía era la manifestación, en su más alto grado, de la fe y la oración de un hombre. Ya entonces me daba cuenta de que aquel hombre, como ninguna otra persona a quien haya conocido, estaba en estrecho contacto con el Señor. Era tan impresionante y emocionante la escena, que solía permanecer allí contemplándole, sin que se diera cuenta, un buen rato.

Por eso estoy totalmente seguro del significado del silencio del Padre en aquel último regreso a su casa terrenal. Hablaba con Dios y sabía que ira la última vez que lo haría en este mundo.

Yo viví con el Padre en Ferraz el curso 1935-36 y, después de la guerra, en Jenner, algunos meses del curso 1939-40. El se ofreció para lo que quisiéramos de su ministerio sacerdotal y fue, de hecho, nuestro director espiritual. Nos impartía a los que queríamos escucharle -que éramos todos los que vivíamos en aquella residencia- unos llamados cursos de formación a última hora de la jornada, un día por semana.

Allí el Padre hablaba del sentido de la vida, del espíritu cristiano, de la santificación del trabajo cotidiano en medio del mundo, de la preocupación por los demás, de la libertad, de la rectitud, del cuidado y del cultivo de la propia conciencia, de la oración, de la vida sencilla y austera, del sacrificio y del valor de cada cosa en cada momento. Es imposible repetir lo que allí oímos y, además, expresado en aquel fuerte tono aragonés y con la profunda convicción con que lo decía.

Yo he tenido mucho cariño al Padre. Era entrañable, afectuoso, pero también recio y enérgico. Sin duda el Señor había puesto en él cualidades de líder. Era además como un vendaval. Había fuego en sus palabras. Su actividad era agotadora al tiempo que transmitía serenidad y tranquilidad. “Todo está en manos de Dios”, repetía con frecuencia.

Esto es lo que yo percibí en él y lo que hoy, muchos años después y con la serenidad del paso del tiempo y del cambio de circunstancias, opino sobre el Padre y sobre la influencia que ha tenido en mi vida y en otras de mi generación.

Ángel Galíndez es ingeniero y fue presidente del Banco de Vizcaya

Sobre el Fundador del Opus Dei: un Escritor

La Nueva Provincia, Bahía Blanca, Argentina, 19.V.1992

“In Domino Josemaría”

Por JUAN LUIS GALLARDO

El escritorio en que estoy trabajando enfrenta una pared llena de cosas: una estantería con libros, trofeos deportivos, pequeños objetos comprados en remotos lugares del mundo.

Hay un silbato naval, una gárgola de estaño, un sable de abordaje. Un muñequito siciliano con yelmo y coraza de lata. Un loro fabricado con calabazas pintadas de azul, al que he bautizado “Stevenson” recordando “La isla del Tesoro”. Varias locomotoras en miniatura, un cencerro diminuto, caracoles recogidos en cierto archipiélago del Caribe… Y una tarjeta enmarcada, que empieza a ponerse amarilla y está fechada en Roma el 30 de junio de 1969. De ella quiero ocuparme en esta nota.

Dice en esa tarjeta, escrito a máquina: “Muy querido Juan Luis: me ha dado mucha alegría recibir la publicación que has tenido la amabilidad de enviarme. Te felicito y te encomiendo a Dios Nuestro Señor, para que continúes trabajando en su servicio cada vez con más eficacia, y tu tarea profesional sea instrumento de tu santificación y de la de muchas almas. Con un fuerte abrazo, os bendice -a ti y a todos los tuyos- cariñosamente…”. Debajo del texto, manuscrito con tinta ya color sepia, se lee: “in Domino Josemaría”.

Dado que tal nombre, expresado así, todo junto, ha sido repetido muchas veces en estos días, quizá no haga falta aclarar que el firmante de la tarjeta fue Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, declarado beato por la Iglesia Católica el pasado domingo, 17 de mayo, en una ceremonia imponente realizada en la plaza de San Pedro y presidida por el Papa Juan Pablo II. Por lo tanto, la tarjeta de que estamos hablando se trata ya de una reliquia. O sea de un objeto vinculado con alguien que ha sido elevado a la dignidad de los altares, a quien se ha de rendir culto público y que la Iglesia propone como modelo por haber vivido en grado heroico todas las virtudes cristianas. Ni más ni menos.

Dos de nuestras hijas viajaron para asistir a la ceremonia. Los demás de la familia no pudimos hacerlo por una razón u otra, entre ellas las económicas. Sin embargo, creo estar en condiciones de volcar en estas líneas algunos recuerdos y reflexiones que el suceso ha puesto de actualidad.

¿Por qué me escribía monseñor Escrivá de Balaguer en 1969? Porque, según se desprende de esas líneas, yo le había mandado un trabajo publicado por mí poco antes. ¿Y por qué le envié ese trabajo? Porque, siguiendo el consejo de un cuñado mío que volvía de España, tomé contacto con el Opus Dei en 1961. Y, al principio con recelo, pues conocía las calumnias divulgadas a su respecto, me fui enterando del mensaje que difundía, fui conociendo a sus sacerdotes -rezadores e ilustrados-, fui trabando amistad con algunos de sus miembros laicos (que son amplia mayoría), alegres, trabajadores, simpáticos… y apostólicos.

Lo de apostólicos viene a cuento porque, gracias a esa característica de la gente que vive el espíritu de la Obra, asistí a charlas sucesivas, hice algún retiro espiritual organizado por ella, mandamos nuestros hijos a excursiones y campamentos de los que volvieron más piadosos, más ordenados, más obedientes, más estudiosos. Resultó natural por lo tanto que, al publicar un libro, se lo remitiera dedicado a quien había sido causa indudable de la mejoría espiritual registrada en toda una familia, que era la nuestra, quien esto escribe inclusive.

En junio de 1974 conocimos a monseñor Escrivá de Balaguer. Llegó a estas playas el 7 de ese mes, permaneciendo hasta el día 28. Venía cumpliendo un extenso periplo que, por llamarlo de algún modo, cabría calificar como catequístico. Ya que, efectivamente, en momentos de confusión doctrinal, se lanzó por el mundo para recordar -en tono confidencial o a grito pelado- las viejas verdades de la Fe. Una de ellas olvidada desde siglos atrás: que todos los cristianos, por el solo hecho de estar bautizados, deben buscar la santidad, encontrándose ésta a su alcance en los lugares que ya ocupan dentro de la sociedad. ¿Y cómo lograrla? Trabajando lo mejor posible y ofreciendo el trabajo a Dios: santificando el trabajo, santificándose en el trabajo, santificando con el trabajo.

La cantidad de gente que quiso ver y oír al viajero excedió todos los cálculos, no dando abasto los espacios inicialmente reservados para aquellos encuentros. Así que hubo que arrendar teatros y salones de actos. Con mi familia concurrimos a varias de las que monseñor Escrivá denominaba “tertulias”. Y lo vimos moverse vivamente por el proscenio, contestar preguntas con respuestas llenas de profundidad y sencillez, bromear con algunos de los presentes, emplear un castellano rico, sonoro.

¿De qué hablaba el fundador del Opus Dei? Hablaba siempre de Dios. Pero como Dios se manifiesta de múltiples maneras, hablaba de muchas cosas. De la vida y de la muerte, de la amistad y el sacrificio, de alegría, de lealtad, de la bendición del cielo que son los hijos, del amor conyugal y del amor al Papa, del trato con Santa María y San José, de la necesidad de confesarse y de llevar a la confesión a amigos y conocidos, de la Argentina…

Habló en efecto de la Argentina y de los argentinos. Se refirió a todo lo que se estaba haciendo y todo lo que se haría en la Argentina y desde la Argentina. Elogió a sus gentes y a sus llanuras. Exhortó a que nos quisiéramos, dejando de lado divisiones y enconos, invitó a no derribar las viejas casas de Buenos Aires. Y visitó la Virgen de Luján, manifestando que dejaba el corazón a sus pies.

Tuvimos finalmente el privilegio de ser recibidos por él en una reunión restringida a unos cuantos miembros de la familia. Durante ella nos mostró un entrañable afecto, nos impulsó a mejorar, recordó que nos hallábamos en un solar que había sido de mi bisabuelo (“La Chacra”, una quinta de Bella Vista que es hoy casa de retiros), se preocupó por la salud de un sobrino mío que nos acompañaba, quien era muy chico por entonces y vive aún pese a la grave enfermedad congénita que padece. Nos dio por último la bendición. La bendición de un santo.

Pese al desorden de estos pantallazos, espero sirvan para ilustrar al lector respecto al motivo por el cual, a partir del domingo 17 de mayo de 1992, me produce una emoción peculiar alzar los ojos de la máquina de escribir y observar, escrita con letra amplia, en tinta ya color sepia, una frase que dice: “in Domino Josemaría”.

Víctor García Hoz, sobre el Fundador del Opus Dei

A contracorriente

Por VÍCTOR GARCÍA HOZ, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (España), El Sol (Madrid), 26.6.1990

En su discurso de ingreso como académico correspondiente de Ciencias Morales y Políticas, el profesor Schambeck, de la Universidad de Innsbruck, recordaba las palabras de Paul Valéry ante la Academia Francesa, unos años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial: “La virtud, señores, la palabra virtud, está muerta o al menos se está muriendo… Yo mismo he de confesar no haberla oído nunca, o más aún -lo cual tiene un peso todavía mayor- siempre la he oído mencionar en las conversaciones de nuestra sociedad precedida de un signo de rareza y en un cierto sentido irónico. Esto podría significar que yo no me muevo más que en malos ambientes si a ello no añadiera que tampoco recuerdo haberla encontrado en los libros más leídos o más ensalzados de nuestros días. Por último, tampoco conozco ningún periódico que la imprima y hasta me temo que ninguno se atreviera a imprimirla más que con intención burlesca.” No parece aventura decir que sesenta años más tarde de las manifestaciones de Valéry, el menosprecio por la virtud se mantiene e, incluso, aumenta en algunos ambientes. En medio de este panorama, por las mismas fechas que el profesor Schambeck pronunciaba su discurso, se hizo público un decreto la Santa Sede que declaraba: “Constan las pruebas de las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, así como de las virtudes cardinales de la prudencia, justicia, templanza y fortaleza, con las demás anejas practicadas, en grado heroico, del siervo de Dios, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei“.

La vida de Monseñor Escrivá de Balaguer fue una vida contra corriente. Porque el cristiano encuentra en la virtud la fuerza que le hace capaz de luchar contra las tendencias deshumanizadoras presentes en la vida social. La virtud es conocimiento y es fuerza que orienta y da vigor a la actividad personal de cada uno. Bien entendido que al hablar de actividad no se menciona simplemente la acción externa a través de la cual el hombre sale de sí mismo para modificar las cosas que tiene a su alrededor; en ella se incluye tanto la actividad interior, aquella que se realiza en la intimidad de cada uno y se resuelve en ideas, pensamientos, deseos, aspiraciones, y también, por supuesto, la actividad manifiesta en la cual el hombre sale al exterior expresándose en palabras o en hechos materiales.

Esta lucha contra las tendencias deshumanizadoras -componente necesario de la vocación universal a la santidad-, tanto las que el hombre tiene dentro de sí mismo, cuanto las que pueden venirle de su entorno, fue interpretada por muchos como algo que exigía el apartamiento del mundo. Pero la inmensa mayoría de los cristianos está llamados a servir a Dios “en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana”. El descubrimiento y servicio de esta vocación secular consumió la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer, que dijo de sí mismo ser “sacerdote secular: sacerdote de Jesucristo, que ama apasionadamente al mundo”. Constantemente enseñó que “el mundo no es malo, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno. Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios. (…) O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.”

Encontrar a Dios, ser conscientes de su presencia, es contemplación. El camino del Opus Dei es camino de contemplación sin apartamiento de las realidades terrenas. El fundador del Opus Dei quería que sus hijos fueran “contemplativos en medio del mundo”. Aspiración claramente reconocida en el Decreto de Heroicidad de Virtudes cuando dice que “Josemaría Escrivá, auténtico pionero de la sólida unidad de vida cristiana, sintió la necesidad de llevar la plenitud de la contemplación a todos los caminos de la tierra”. Plenitud de la contemplación, en la tierra precisamente, vale tanto como saber y saborear que Dios está en el fondo de toda realidad como si esperase nuestra mirada para compartir su vida con nosotros. En medio de las cosas materiales está el ámbito de nuestra santificación y son ellas el punto de partida para adorar a Dios y servir a los hombres “Hijos míos -dijo el fundador del Opus Dei en el campus de la Universidad de Navarra- allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo”.

Víctor García Hoz es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.